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sábado, 12 de septiembre de 2026

EL ARTE DE TROPEZAR CON TUS PROPIOS ZAPATOS

Un payaso es alguien que se ríe del mundo, pero sobre todo, de sí mismo. Un payaso es alguien que ya no puede vivir en este planeta sin que se le rompa el corazón cada vez que sale a la calle o escucha las noticias.

Lo más importante es la nariz. Una buena nariz de goma, gorda y de color rojo cereza. Si has decidido convertirte en payaso en un mundo sin pizca de humor, la vas a necesitar, créeme. Te lloverán puñetazos en la cara, así que al menos rebotarán en tu nariz.

Una buena dosis de humor y paciencia también son esenciales. Si te hacen repetir los mismos chistes una y otra vez, no te preocupes, vas por buen camino: al menos estás empezando a suavizar un poco las asperezas de algunos. Pero si ni se inmutan y te miran con cara de pocos amigos, mejor recoge tus cosas y vuelve a casa a descansar; ya vendrán días mejores.

No ensayes tus trucos ni finjas tu voz; eso no es propio de un payaso que se precie. ¡Por favor, los payasos somos gente seria!

Debes ser natural y defender tu payasada con uñas y dientes, y si logras hacer reír aunque sea a un solo niño, o a una persona mayor, o a alguien con un alma enferma... ¡entonces habrás triunfado!

Contra la ironía... una carcajada; contra las mentiras... una carcajada; contra la malicia y la injusticia... una carcajada. Una carcajada oportuna es la mejor medicina contra el mal humor, la mala sangre, el resentimiento e incluso la diabetes...

También es importante elegir bien qué tipo de payaso quieres ser: un payaso Auguste con una peluca pomposa y ridícula, una bata de lunares (como la de un bailarín de flamenco) que le llega hasta los pies y zapatos Charlot enormes; o un payaso serio y estirado con la cara pintada de blanco. Ten en cuenta que el trabajo más duro recae sobre el payaso con la cara pintada de blanco, porque actúa como intermediario entre lo absurdo (el Auguste) y el mundo verdaderamente serio y productivo de una sociedad organizada.

Una buena dosis de autocrítica también es esencial. De esa que nos arranca del espejo por las mañanas, cuando nos miramos al levantarnos, con el sueño aún en los ojos y los sueños rotos asomando tímidamente por el rabillo del ojo. La autocrítica es un arma devastadora; ni una ducha fría ni dos o tres tazas de café negro pueden vencerla.

Y finalmente, para ahuyentar a los demonios del miedo, lo absurdo, el sinsentido, la injusticia, el dolor... Un buen aullido al estilo de Charlie Rivel es la mejor vacuna contra el nihilismo...


¡Payasos de todos los países, uníos!

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